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domingo, 18 de abril de 2010

Somos marielitos


Mi sobrino Julián cumplió 16 años la semana pasada. Cuando lo llamé el miércoles para desearle un feliz cumpleaños, le dije que había llegado el momento: ya era un adulto. La infancia ya está lejos, y la adolescencia se ha terminado, le dije.

Colgué el teléfono llorando porque comprendí que estaba hablando sobre mi propio 16to cumpleaños, cuando mi adolescencia terminó abruptamente, y tomé una decisión que cambió mi vida y la vida de mi familia para siempre. La decisión, tomada en la premura de un día lluvioso y miserable, fue irme de Cuba y venir a Estados Unidos.

En aquel momento no podía saber que mi país no tardaría en ser sacudido por sucesos nunca antes ni desde entonces vistos en la isla. Unos dos meses después de esa decisión, Fidel Castro abrió el puerto del Mariel. Más de 125,000 cubanos se fueron, y muchos más se hubieran ido si el éxodo no hubiese sido truncado por el propio gobierno cubano. Los que salieron del país fueron en su mayoría víctimas de actos de repudio cometidos por turbas enfurecidas. Las reglas del juego cambiaron de la noche a la mañana, y los cubanos se volvieron contra los cubanos. Fue un espectáculo triste.

Colgando en la pared cerca de mi escritorio tengo un papel amarillento y medio desgarrado. Cuando escribía el último capítulo de mi libro sobre el éxodo del Mariel, El Manana, un hombre que había fletado la embarcación que me trajo a mí y a mi familia de Cuba me lo envió con una nota: ``Quizá esto ayude. Lo encontré en el ático''.

Pues sí, ayudó al libro. Pero más importante: me ayudó a mí. Ese papel es un certificado emitido por el Ministerio del Interior de Cuba autorizando a nuestra embarcación, Mañana, al salir de Cuba. Además del nombre de la embarcación y del capitán, Mike Howell, describe el tipo de embarcación (yate), adonde iba (Cayo Hueso) y lo que llevaba. En mi caso dice ``lastre'', lo que uno tira por la borda para salvar la vida en el mar si hace falta. El peso extra, lo que nadie quiere.

Eso fue hace 30 años. Se siente extraño escribir que llevo 30 años viviendo en este país, que los marielitos que tenían mi edad ahora quizá sean abuelos. Cuando llamé a mi sobrino, le dije que prestara atención, que disfrutara la vida, porque en un abrir y cerrar de ojos tendría 46 años, estaría casado y con hijos, lleno de responsabilidades, demasiado ocupado para oler las flores. Demasiado ocupado hasta para comprar flores.

Pero de nuevo estaba hablando de mí. Son mis ojos los que han pestañeado demasiado rápido. Mis ojos cubanos que tuvieron que adaptarse del comunismo --y de todo lo que esa palabra conllevaba en los trópicos-- al capitalismo --y a todo lo que esa palabra conllevaba en el Miami de los 80-- y más tarde, mucho más tarde, en Nueva York.

Esa transformación empezó la noche del 10 de mayo, en el estrecho de la Florida, cuando le pedí a mi tío que me dibujara un mapa de Hialeah para poder memorizar los nombres de las calles, y aún continúa. Todavía estoy aprendiendo nuevos mapas, descifrando las reglas y esforzándome por seguirlas.

A nuestra llegada, eso significó entender conceptos como ``going out'' y ``dating''. Significó sobrevivir el high school con un acné grave, a los jeans Gloria Vanderbilt del pulguero y a un pelo demasiado rizado e indócil para que se pareciera al de Farah Fawcett. Significó aplaudir a Rocky y luego deconstruir a Rambo en la universidad.

La música disco, las drogas, los Corvettes, SAT's, sexo, los trabajos part-time, las toallas de papel de cocina, novios, tensiones raciales, el mall, aprender a manejar, zapatos bonitos, chiclet de menta, dinero --o la falta de dinero--, Hialeah e inglés. ¡Inglés! Era demasiado para una joven de 16 años. Me pregunto cómo sobreviví. Me pregunto cómo todos sobrevivimos.

Los cubanos que vinieron antes que nosotros, en su mayor parte, tenían un contexto. Habían conocido otra Cuba, una Cuba en la que se podía vivir trabajando duro y con un poco de suerte. Habían conocido la alegría, los autobuses vacíos, la buena comida y cierto grado de libertad y de orden. Los cubanos que vinieron después de nosotros no conocían nada de eso por experiencia propia pero habían oído suficientes historias o quizá hasta habían visitado Estados Unidos antes de decidir quedarse, así que sabían a qué atenerse.

Pero los marielitos que crecimos con la revolución no sabíamos nada. Nos cegó la luz. Mi amiga Ana Mari dice que somos el jamón en el sándwich, encajados entre los exiliados de los 60 y los balseros y los que vinieron después, y los que todavía están viniendo. Somos traductores culturales, con un pie en Miami y otro en La Habana, el corazón partido en dos, dañados por el experimento fracasado de crear un Hombre Nuevo, ciudadanos norteamericanos que todavía pensamos como refugiados y suspiramos por la tierra natal pero que entendemos, como decía mi padre, que no hay regreso. Somos marielitos, y esa palabra lo resume todo.

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