martes, 12 de junio de 2012

La miliciana


La miliciana. 

Por Orlando González Esteva.

Radio Marti


El autor recuerda los últimos días de su madre.

 

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Un derrame cerebral devastó a mi madre, arrojándola a un hospital del sur de la Florida y a un centro de rehabilitación varios días después. Llegó de noche, en camilla, con la pierna y el brazo izquierdos inútiles y adoloridos, el campo visual recortado, los nervios deshechos y el habla enredada. Las autoridades del centro no faltaron al protocolo: era imperativo someterla a una evaluación física para precisar su estado y, quizás, registrar cualquier magulladura o herida por las cuales la familia pudiera, luego, hacer reclamos a la institución.

Aunque el reconocimiento se condujo en presencia de mi cuñada, a quien tanto quería, y la enfermera escogida para evaluarla fue respetuosa, esa vulneración de su privacidad, la extrañeza del sitio, el nuevo estilo de vida y la heterogeneidad del equipo médico que a partir de entonces se ocupó de ella la abrumaron. Eran ojos, voces y manos extrañas, aunque femeninas, escudriñándola, interrogándola, tanteándola, volviéndola de un lado al otro, tomándole la presión, inspeccionando cuánto alimento ingería, medicándola, instándola a sobreponerse al sufrimiento y a ejercitar las extremidades dañadas, pero con tanta y tan reglamentaria insistencia, que sobrevivía extenuada. No se violó ningún derecho: se honró a pie juntillas una formalidad y se recurrió al tratamiento adecuado para propiciar una recuperación, pero mi madre estaba rota.

            No hubo un solo trastorno de orden emocional relacionado con una apoplejía que no pareciera ensañarse con ella: ansiedad, apatía, psicosis, desesperanza, insomnio y, sobre todo, miedo, un miedo que fue filtrándolo todo --la tarde, la madrugada, los alrededores del lecho, los traslados a la silla de ruedas, los viajes al consultorio de los especialistas, las sesiones de terapia-- y que acabó explayándose en una serie de imágenes a las que sólo ella era sensible y que nos hicieron temer por su cordura. El diagnóstico fue tan puntual como tranquilizador: “No está loca. Es el síndrome de Charles Bonnet.”

El síndrome, identificado en el siglo XVIII por el naturalista y filósofo suizo que le dio nombre, radica en la propensión del cerebro a compensar, con independencia absoluta de la voluntad de la persona cuya visión sufre merma, la escasez de imágenes procedentes del exterior, y compensarla recurriendo a la memoria, presentando como periféricas algunas de las imágenes archivadas en ésta. La persona goza de buena salud mental pero no puede evitar los brotes de alucinaciones: el pasado da fe de vida de una manera tan avasalladora como el presente; lo que fue, vuelve a ser; quien no está ahí, está, aunque la víctima del síndrome lo sepa distante o muerto. William James, psicólogo estadounidense, advirtió a finales del siglo XIX que mucho de lo que percibimos no es obsequio de nuestros sentidos sino de nuestra mente. Éste era el caso.

            Los temores de mi madre no disminuyeron. Veía pájaros negros que invadían la habitación y fijaban su mirada en ella, amenazantes; hombres ocultos detrás de los árboles que crecían cerca de la ventana, y, finalmente, una mujer que le infundía terror y a la que sólo se atrevía a referirse en voz baja, entre dientes, recelosa de que anduviera cerca o de que nosotros, incrédulos, desestimáramos su zozobra. Sólo al cabo de varios días se arriesgó a revelar, con un hilo de voz y luego de asegurarse de que la susodicha no rondaba, su identidad: es la miliciana, dijo. ¿Qué miliciana? La de la cárcel. ¿La de qué cárcel? La de Boniato. ¿La de Boniato? La que nos obligaba a mami y a mí a quitarnos la ropa y nos registraba cuando íbamos a ver a tu abuelo.

Los ultrajes sufridos por los familiares de los presos políticos que visitaban la Cárcel de Boniato no excluían, en el caso de las mujeres, el verse forzadas a desnudarse, el cacheo de las gendarmes, el comentario soez o burlón en torno a su aspecto físico y, en ocasiones, la vergüenza de verse apremiadas a arrancarse la toalla sanitaria para que no cupiera duda de que no había objeto prohibido debajo de ella, aunque el verdadero propósito de la infamia era divertir a la chusma vestida de verde olivo.

De nada sirvió que tratáramos de convencer a mi madre de que esa mujer no podía estar allí, en una instalación médica de Estados Unidos, aguardando la primera oportunidad para humillarla; de nada, tratar de convencerla de que esa mujer no podía haber sido la misma que la examinó a su llegada al centro, de que esa mujer era sólo un recuerdo de sus visitas a aquella prisión donde mi abuelo había pasado años por conspirar contra un gobierno que él mismo, antagonista acérrimo del gobierno anterior, había contribuido a instaurar y había decidido combatir apenas instaurado. De nada sirvió que le recordáramos a mi madre que su última visita a la Cárcel de Boniato había tenido lugar hacía más de cuatro décadas y que era imposible que aquella esbirra figurara entre el grupo de enfermeras que ahora la atendían: había vuelto a verla y presentía que en cualquier momento, aprovechando una de nuestras ausencias y su invalidez, volvería a personarse y a infligirle una nueva vejación. El pasado abolía, consumiéndolo, el presente.

            Recordé unas palabras de Herta Müller, la escritora rumana galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2009, cuya madre fue deportada a la Unión Soviética y confinada a un campo de trabajo forzado, y a quien la renuencia a colaborar con la policía secreta de su país le valió el desempleo; la publicación de su primer libro, la censura, y la del segundo, publicado en el extranjero, el rechazo de las editoriales y los medios de prensa de su país. La represión sufrida durante el régimen comunista de Nicolae Ceauşescu, el deterioro de las relaciones humanas y la degradación paulatina de todo lo que ese régimen tocó signan su obra:

En realidad no alcancé a comprender los daños que sufrían aquéllos, mis familiares, hasta que no me vi, yo misma, en una situación desesperada. Fue entonces cuando realmente tomé conciencia de que una herida demasiado profunda deja los nervios destrozados para siempre. Que las consecuencias de tener los nervios destrozados se manifiestan después. Es más, que esas consecuencias abarcan épocas anteriores.

            Mi madre falleció el 30 de mayo de 2012. No hay consuelo. O lo hay, mínimo: saber que donde ella está no volverá a encontrarse con aquella mujer, no hay lugar para aquella mujer.

 

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